Segundo domingo de Adviento, ciclo C:
Aprender a volver
En Adviento se camina hacia la Navidad. Aprendemos así a esperar la novedad de Dios en nuestra vida. Creemos que nada puede cambiar, que nuestro pecado se ha hecho costumbre. Es momento de aprender que Dios puede abrir lo que siempre ha estado cerrado. ¿Cómo se alcanza esta novedad?
Hubo un hombre a quien le apasionaba recorrer a pie los caminos. Aprovechaba los días de fiesta para salir temprano de casa hacia los pueblos cercanos. Un día visitaba un santuario, otro un lugar de montaña, al siguiente un pueblo a la orilla del mar. Cuando concluía su excursión tomaba un tren de vuelta para casa.
Cuando aquel hombre era ya anciano se jactaba de conocer al dedillo todas las carreteras y senderos de alrededor. Uno de sus amigos le dijo entonces: “hay un camino que todavía no has hecho nunca a pie.” Nuestro caminante sonrió incrédulo. Pero su amigo tenía razón: “nunca has hecho a pie el camino de vuelta. No sabes lo que es caminar hacia casa. Esa es la novedad que tienes que descubrir”.
Más o menos lo mismo nos dicen hoy las lecturas. Para llegar a la Navidad, para experimentar todo lo nuevo que Dios quiere hacer en tu vida, tienes que aprender a volver. Escuchamos los gritos de alegría de quienes retornan del exilio. Y para reconocer a Jesús debemos mirar al precursor, Juan Bautista, que repite el mensaje del Antiguo Testamento.
Pero volvamos de momento a la historia de nuestro caminante. Viejito y todo, picado por las palabras de su compañero, decidió hacer de pie un camino de vuelta. Tomó el tren hasta un lugar al que había caminado en cien ocasiones y emprendió la marcha de regreso. Confiado, ni siquiera quiso tomar un mapa: “Voy a demostrar a mi amigo que se equivoca. ¿Qué más dará la ida o la vuelta? ¡Conoceré yo bien esta ruta!”
Aquel hombre, de regreso a casa, se perdió más de una vez. Y es que se sabía bien los caminos de frente, pero no de espaldas. Siguiendo un sendero estrecho, es fácil encontrarse con la gran carretera en donde desemboca. Pero no es tan fácil lo contrario: estar en la ruta espaciosa y hallar el caminillo que se desvía en el margen.
Aquel día nuestro hombre aprendió dos cosas. En primer lugar, se dio cuenta de que en sus largas caminatas no había mirado nunca hacia atrás. Si hubiese vuelto la vista de rato en rato a sus espaldas le habría sido sencillo reconocer el camino a la vuelta. Juan Bautista nos recuerda también la necesidad de mirar atrás en este Adviento: a los dones recibidos de Dios, al amor con que siempre nos ha cuidado.
Nuestro hombre aprendió también que el camino de vuelta es un camino nuevo. En medio de sus extravíos le consolaba pensar que el punto de llegada era su propio hogar.¿Emprendemos nosotros el camino de vuelta? Nos atrae mucho la novedad y despreciamos el valor del regreso. Pero el primer paso adelante hacia Dios es siempre un paso hacia atrás: reconocer nuestro pecado y confesarlo al Señor. Y todo el camino que sigue es también un retorno. En efecto, aprender a volver significa hacerse como niños: solo los pequeños pueden entrar en la gruta. El Adviento es camino de servicio, de realizar en casa los trabajos más humildes, dando siempre el primer paso en el amor.
Por eso podemos recorrer sin miedo este camino. Si aprendemos a mirar hacia atrás, reconociendo el amor de Dios que nos ha creado y nos cuida, será sencillo regresar con gozo a la casa del Padre, nuestro hogar desde siempre y para siempre.
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