Primer domingo de Adviento (C):
Nuevos caminos
Hay muchas formas en la vida de encontrar caminos. Están, por ejemplo, los rastreadores que siguen la pista de un animal fugitivo. Tienen que caminar despacio mirando siempre al terreno para no perder ningún detalle: un tallo de hierba partido o una huella borrosa en el fondo de un charco pueden revelar que por allí pasó la presa. Por eso el rastreador camina agachado, mirando bien donde pone sus botas.
Pero hay una cosa para la que no vale la técnica del rastreador. ¿Qué ocurre cuando tenemos que abrir rutas nuevas, por las que nadie ha pisado?
Te es necesario, por ejemplo, romper con un vicio en el que caes continuamente; o a lo mejor tienes que perdonar a una persona con la que estabas enemistado desde tiempo; o has de tomar una decisión difícil que cambiará tu vida; tal vez hayan crecido tus hijos y debas aprender el modo mejor de seguir educándolos; o te das cuenta de que tu relación con tu marido o mujer pasan por una etapa nueva que pide de ti otras formas de expresar el amor...
Abrir nuevos caminos. He aquí precisamente el mensaje de este Adviento que hoy comenzamos. Te invita a romper tus viejas rutas y a tomar una nueva, que te llevará más allá de ti mismo. Por eso el camino del Adviento no puede seguirlo quien se empeña en seguir encorvado, mirando al suelo. ¿Qué otro método tenemos que seguir?
Hay que fijarse en otro buscador de caminos: el navegante. Este también tiene que encontrar las rutas que le llevan a puerto. Pero, a diferencia del rastreador, no puede mirar hacia abajo, porque no encontrará en el agua ninguna huella. Su camino es siempre un camino nuevo por las olas. ¿Adónde mira entonces el navegante? A lo alto, al cielo. Allí ve la estrella que le indica el camino en medio de la noche.
Y esto es, en efecto, lo que nos dicen las lecturas de hoy. En el Salmo rezamos: “levanta mi alma hacia ti”. Y Jesús nos dice en el Evangelio: “levantaos, alzad la cabeza”, para poder “permanecer de pie ante el Hijo del hombre”.
El que mira solo a la tierra nunca podrá encontrar la novedad. Dará giros en círculo, alrededor de sí mismo. Su amor estará hecho de rutina y aburrimiento. A quien quiere empezar un camino nuevo solo le queda una solución: mirar hacia arriba. Porque lo nuevo viene solo de arriba, de Dios. ¿Quieres perdonar y nunca lo has hecho antes? Mira hacia arriba, a la forma en que Dios te ama y perdona. ¿Quieres que el amor a tu familia crezca sin caer en la rutina? Mira hacia arriba, pon a Dios en el centro de tu amor. Pues donde no hay ningún rastro que seguir, solo la estrella polar puede orientar el camino.
El Adviento nos entrena para mirar hacia arriba, hacia Dios. Lo que es nuevo solo puede venir del cielo. Lo celebraremos el día de Navidad, día en que recibiremos a un niño, símbolo de novedad, que ha bajado del cielo para salvarnos. Mira que hago nuevas todas las cosas.
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