XXXIII Domingo - ciclo B:

El libro de la vida

Las lecturas de hoy nos hablan del libro de la vida. ¿Están nuestros nombres escritos en él? Solo así podríamos entrar en el cielo...

Nuestra vida es como un libro que vamos escribiendo poco a poco. El día nuevo es una página nueva. A veces nuestra caligrafía se tuerce o lo llenamos todo de borrones. Pero lo peor no es eso. El gran problema de los libros es que acaban deteriorándose, sus páginas se amarillean, la tinta se corre y desgasta. ¿No serán nuestros días como páginas que el agua borra de un libro mojado? Lo bueno sería que pudiéramos escribir cada día en el libro de la vida, en ese libro que no pasa... Pero, ¿cómo hacerlo?

Cuentan la historia de aquellos hombres que querían que su nombre durase para siempre. Pero no conocían la forma de imprimirlo en materia sólida. Lo dibujaban, por ejemplo, en el agua del mar, pero apenas habían pasado la pluma, ya se borraba. Otros intentaron escribirlo en el aire, y usaron para ello el humo de una avioneta. Pero enseguida el viento empezó a soplar y desdibujó las letras. Consiguió alguno dibujarlo en la arena de la playa, pero duró solo hasta la siguiente ola...

Esta es nuestra vida: continuamente queremos estampar nuestro nombre en lo que hacemos. Pero no encontramos materia sólida. Nuestros placeres y gustos, nuestros sentimientos, nuestras pequeñas obras... todas se pasan y con ellas lo escrito.

Entonces apareció un maestro cantero que sabía esculpir letras en la piedra. Los hombres se alegraron: ahora su nombre podría durar para siempre, hasta que llegasen al cielo. Pero el maestro les puso una condición: Sólo podía escribir palabras pronunciadas por él, nunca los nombres de cada uno de ellos. Muchos se alejaron enfadados: si no podían escribir sus propios nombres, ¿de qué les servía la piedra?

Este maestro es Jesús: Él dice en el Evangelio: Mis palabras no pasarán. Nos ofrece que escribamos en nuestro libro sus palabras, para que nunca se gasten. Pero eso significa que no podemos escribir nuestro propio nombre, tenemos que olvidarnos de nosotros y esforzarnos por grabar en nuestra vida sus palabras. En vez de escribir las ofensas que nos hacen, hay que poner: “Perdónanos como nosotros perdonamos”. En vez de creernos importantes, hay que decir: “Los últimos serán los primeros”. En vez de quejarnos porque las cosas no salen como queremos, tenemos que escribir: “Hágase tu voluntad”. Estas son las únicas palabras que no pasan...

Ocurrió que, cuando todos llegaron al cielo, los que se habían dedicado a estampar su nombre en las playas y aguas del mar, reconocieron su fracaso. Pero se frotaban las manos: aquellos que imprimieron en piedra las palabras de Jesús tampoco iban a poder entrar en el cielo: ninguno había podido escribir su propio nombre. Se llevaron entonces la gran sorpresa. Los santos tenían tantas palabras de Jesús escritas que era muy sencillo encontrar las letras que formaban su propio nombre. “Hágase en mí según tu palabra”. Ya solo en esta frase había letras de sobra para formar el nombre de María. Y lo mismo les pasaba a Pedro, a Juan, a Andrés...

Cuando escribes en tu vida las palabras de Jesús, estás viviendo la verdadera vida, estás escribiendo tu nombre, y un nombre que dura para siempre. ¿O prefieres seguir dibujando tus letras en la espuma del mar?

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