Vigésimo séptimo domingo (C):
La fe que mueve todo
Los discípulos escucharon a Jesús hablar sobre el perdón. Su enseñanza les debió parecer difícil porque le pidieron: “¡Auméntanos la fe!” El Maestro les respondió que, si tuvieran fe como un grano de mostaza, podrían mover los árboles y las montañas.
Aprendemos así que la fe lo mueve todo. Esto es cierto ya si pensamos en nuestra sociedad. Hay en ella una riqueza que no se ve: es el capital de la confianza, de la fe en los demás. Imaginen cómo andaría el mundo si nadie confiase en los médicos y tuviéramos que asegurarnos una y otra vez de que no nos engañan. O si no nos fiásemos de los conductores de metro, o de los fabricantes de coches; o si no creyésemos al geógrafo que nos asegura que es verdadero el mapa de la tierra. Sin confianza el mundo se paralizaría, dejaría de moverse.
Cuando no hay fe ocurre como con los mecanismos de engranajes que se agarrotan. Les falta el aceite y ya las ruedas no se acoplan bien unas con otras. Intentan moverse pero les puede el rozamiento. ¿Conocen, por ejemplo, la historia de Otelo? Amaba mucho a su mujer, y su mujer a él, pero la falta de confianza le llevó a sospechar continuamente de ella... y la sospecha acabó matando al amor. A su amor le faltaba un ingrediente importante: la mutua confianza en el otro, que hace que el amor se mueva, que pueda olvidar las fricciones del pasado y no dejarse paralizar por los miedos del futuro.
Mucho más importante es nuestra fe en Dios. Cuando confiamos en Dios sabemos que nuestra vida está en buenas manos. La fe en Dios descongela nuestro pasado, porque nos permite perdonar a los demás, sabiendo que tenemos un Padre que perdona. La fe en Dios nos ayuda a prometer amor y fidelidad y nos deja así movernos hacia el mañana, construir el futuro. Sin la fe todo esta parado; la fe pone todo en marcha, nos ayuda a caminar, a dejarnos mover por Dios y por nuestros amigos.
El evangelio usa también la imagen del siervo que, después de estar trabajando todo el día en el campo vuelve a casa. En vez de exigir que su amo le sirva, lo normal es que él prepare la mesa a su señor, y solo después descanse. “Somos siervos inútiles,” he aquí lo que debemos decir a Dios. El hombre de fe no se mira a sí mismo, a sus propios méritos o fuerzas: mira solo al poder de Dios. Y lo que ocurre entonces es que Dios se mueve, mira la humildad de sus siervos y desciende a ellos para subirlos arriba, para hacerlos amigos suyos. ¿Ven cómo la fe lo mueve todo, y no solo montañas y árboles, sino nuestra vida entera y la de los nuestros?
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