XXVI Domingo - ciclo B:

Dios siempre suma

Los discípulos van a quejarse a Jesús: han visto a un desconocido echando demonios en su nombre. ¿No tenían ellos los derechos reservados? Lo mismo pasa en la primera lectura: hay alguien que profetiza y no está entre los elegidos. Jesús y Moisés responderán de forma parecida: “¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta del Señor!”

Como los discípulos, también nosotros tenemos envidia: en el trabajo con los compañeros a los que sonríe la suerte; en la familia con nuestros hermanos que son tratados mejor; incluso si tenemos un ministerio en la Iglesia nos molesta que los demás tengan un cargo más alto.

¿Cómo corregir este vicio? La palabra “envidia” significa falta de visión; el envidioso tiene una mirada superficial; considera todas las cosas desde fuera, según la fama y las opiniones humanas. Y ocurre que los hombres, para saber lo que vale una cosa, tenemos siempre que compararla con otras. Imagínense que miden ustedes dos metros de altura: si se colocan al lado de un gigante, parecerán enanos. Lo mismo pasa cuando calculamos nuestra felicidad: la juzgamos según lo que tienen otros. Y si crecen, significa que nosotros nos hacemos pequeñitos. Por eso nos entristecemos del bien ajeno y nos complacemos en su mal. Buscamos entonces acumular, aunque haya que robárselo al hermano, como denuncia Santiago en la segunda lectura.

¿Y si tuviéramos los ojos de Moisés o Jesús? Ellos no valoran todo según la opinión de los hombres, sino con la mirada de Dios. Y Dios es sabio: conoce lo que valemos por nosotros mismos. Por eso, cuando nos mira, no necesita comparar con los demás. Su mirada se concentra en nosotros, sin distraerse; como si no tuviese ojos para nadie más, como si pudiese darte todo su amor en cada momento. Toda su luz te ilumina a ti.

¿Qué pasa entonces? Que nos convertimos en espejos de la luz de Dios. Y cuanto más amor haya en nosotros, más reflejaremos su luz. Podemos ahora mirar a nuestro alrededor, a nuestros hermanos, y ver cómo ellos caminan también hacia el Padre. Cuanto más se acerquen a Él más luz recibirán; y, como son también espejos, más luz podrán dar a su alrededor. Y entonces, lo contrario de la envidia, más luz recibiremos nosotros. Cada vez que un alma crece, crece también el resplandor en el mundo y nosotros nos llenamos más de la luz de Dios. El truco está en entrar en la visión de Dios, que siempre suma y nunca resta.

Preguntémonos hoy cómo andamos de visión. Y si necesitamos ir al oculista, no hay mejor médico que Jesús en la Eucaristía del domingo. Allí hay siempre pan para todos, y cuanto más reciban nuestros hermanos, más nos enriqueceremos nosotros, con la verdadera riqueza del amor.




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