XXIII Domingo - ciclo B:
Effetá
Jesús, después de mirar al cielo pidiendo ayuda a su Padre, tocó los oídos y la lengua de aquel sordomudo: “Effetá”, “ábrete”. Con esto, devolvió a aquel hombre el habla: es decir, le hizo posible una vida humana, aquello para lo que fue creado el hombre en el Paraíso. Pues, a diferencia de los animales, Adán tenía la palabra, con la que podía escuchar al hermano y comunicarle cuanto tenía dentro y así hacer que naciera el amor. “Todo lo ha hecho bien”, dice la gente; lo mismo que exclamó Dios después de la creación: “Todo era muy bueno”.
Más difícil es lo que hace Jesús a continuación: pidió a aquel hombre que no dijera nada. Primero le cura la mudez; luego le prohíbe hablar. Si no quería que hablase, ¿no sería mejor haberle dejado mudo?
Para entender lo que hace Jesús hay que mirar a la meta de su camino. Él no quiere que la gente, deslumbrada por sus milagros, le proclame rey. Sabe que va hacia Jerusalén: allí abrazará la cruz y morirá por nosotros. Ha curado a aquel hombre para que pueda hablar. Pero le pide que guarde un tiempo de silencio, hasta que entienda bien el camino del amor, que pasa por el sufrimiento y la renuncia de sí.
A nosotros nos ocurre lo mismo cuando se trata de amar a Dios y a los hermanos. Al descubrir al amor se nos abre un horizonte nuevo: en el cariño por nuestra familia o en una experiencia grande del amor de Dios. Nos pasa como si Dios nos dijera: “effetá”, “ábrete”. Pero entonces el Señor añade: ahora tienes todavía que aprender el lenguaje del amor verdadero.
Puede pasarnos lo que cuenta la segunda lectura. Estamos en la iglesia y viene un hombre pobre: lo despreciamos; se acerca un rico: le damos puesto de honor. No hemos sabido descubrir lo que importa de verdad, hemos escuchado solo el ruido de la calderilla que suena. Lo mismo nos pasa cuando se trata del amor. Hay día en que estar con nuestra esposo o hijos nos despierta grandes sentimientos de paz: ese día les acogemos con buenas palabras. Otro día no suena la calderilla del sentimiento: y les despreciamos con malos modos. Lo mismo te pasa en tu relación con Dios. Te crees que el cielo se ha abierto, que ya has entendido a Jesús, solo porque has sentido su presencia en tu vida. Pero para abrirte a Él verdaderamente tienes que caminar hacia Jerusalén y entender cómo Dios está también presente en la sequedad y el silencio.
Mirando a Jesús podemos entender hoy dos formas de aprender el lenguaje del amor. Cuando mira al cielo antes de curar al sordomudo, Jesús nos enseña que el amor viene de arriba, del Padre. La primera palabra que el amor pronuncia es “gracias”. Entendemos también que el amor pasa por la cruz donde Jesús va a morir por todos; y, por eso, pide tu arrepentimiento. La segunda palabra del amor es “perdón”.
Solo cuando hemos dicho muchas veces perdón y gracias, sabemos que nuestro
amor ha ido creciendo, se ha hecho más fuerte. ¿Cúantas
veces suenan estas palabras en tu familia? Cada vez que las pronunciamos, nuestras
miradas, nuestro afecto, será más verdadero, expresará
mejor la verdad de nuestro corazón. Y se cumplirá plenamente la
palabra de Jesús: Effetá, ábrete.
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