Decimosexto domingo - ciclo B:

Descansar con Jesús

Hoy nos cuenta el evangelio cómo Jesús recibe a los discípulos: vienen de predicar y están cansados. El Señor se preocupa por ellos: “Venid, descansemos un poco”. Este tiempo de verano es también tiempo de vacaciones. Necesitamos descanso en nuestra vida ajetreada. Pero, ¿cómo descansar?

Para descansar no basta dejar de hacer cosas. A veces estamos sin ocupaciones, pero llenos de preocupaciones, que no hacen sino agitar nuestro corazón. Corremos entonces el peligro de pensar que necesitamos descansar de las personas que nos rodean: de los niños, de nuestra esposa, de nuestro marido... Y decimos: “estoy harto, déjame en paz”. ¿Pero es esa la paz verdadera?

El evangelio nos dice lo contrario. Jesús eligió a los Doce para enviarles a predicar y para que estuviesen con Él. Descansar quiere decir precisamente esto: estar con Él. No es irse cada uno por su lado, sino reunirse en la familia de Jesús.

Para descansar necesitas un hogar. Si no encuentras descanso en los miembros de tu familia, si no puedes descansar estando con ellos y acogiéndoles en tu interior, entonces no encontrarás paz verdadera. Porque el verdadero descanso solo se encuentra donde hay una alianza, una amistad. El que camina solo nunca está tranquilo porque no tiene las espaldas cubiertas. A cada rato tiene que volver la vista atrás por si alguien viene a atacarle. Ni siquiera puede dormir bien: siempre tiene que tener un ojo abierto. Solo el que tiene amigos que velen por él mientras duerme puede descansar totalmente.

Esto significa que para descansar hay que esforzarse. Hay que esforzarse por acoger a los nuestros, por dialogar con ellos, por tener paciencia con sus defectos. Esto es especialmente importante con nuestros hijos. Ellos buscan respuestas, buscan tener paz en el corazón, y solo los padres pueden dársela, solo ellos pueden afianzarles en el camino de la vida. La primera lectura nos habla precisamente de los pastores. Un pastor es el que conduce al buen pasto, el que da a las ovejas un descanso abundante. Y Jesús siente lástima de la gente y les predica la palabra, para que puedan descansar.

¿Cómo conseguir esto? Jesús nos lo enseña. Él puede invitar a sus amigos al descanso porque tiene siempre una casa, la de su Padre del cielo. La total confianza en Dios es la única que nos deja tranquilos, pues podemos poner en sus hombros nuestras preocupaciones. El poeta español Unamuno lo expreso así en su epitafio: “méteme Padre eterno en tu pecho / misterioso hogar. / Y allí dormiré, pues vengo deshecho / del duro bregar”.

Por eso el domingo, día de descanso, no sirve para descansar si no nos acercamos a la Eucaristía, si no ponemos en Dios nuestras preocupaciones. Un hombre decía: Llego a casa tan cansado que, cuando me voy a acostar, ya no tengo tiempo ni ganas para rezar. Si me paro a rezar perderé tiempo de sueño, y es tan importante dormir bien... Hasta que un día se dio cuenta de que era al revés. El tiempo empleado en rezar no lo perdía: solo si rezaba era luego capaz de dormir tranquilo, porque había puesto sus preocupaciones en las manos del Padre, nuestro pastor, que nunca duerme.


 

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