XVI Domingo, C:

 

El fuego necesario

Escuchamos hoy la historia de Marta y María. Nos interesa esta palabra de Jesús: “Marta, te afanas en muchas cosas. Solo una es necesaria.”

Con esto Jesús nos enseña en primer lugar a buscar lo único necesario. Por supuesto: tenemos que hacer muchas cosas durante el día: trabajamos, atendemos la casa, cuidamos de nuestra familia... Pero puede ocurrirnos que nos perdamos entre tanta tarea sin saber encontrar el hilo que da unidad a todo. Dicen que hay estrellas que ya se apagaron hace muchísimos años, pero cuya luz sigue llegando a la tierra. Cuando miramos al cielo vemos su brillo, su gran actividad luminosa; pero detrás de eso no queda nada, se ha apagado ya el fuego que las mantenía vivas. ¿Nos pasa a nosotros lo mismo? Detrás de la luz que damos, del trabajo que hacemos, ¿sigue vivo el fuego que lo enciende todo?

María nos enseña cuál es ese fuego: sentada a los pies del Maestro escucha su palabra. El primer mandamiento dice: “Escucha, Israel, el Señor tu Dios es solamente uno. Amarás al Señor tu Dios...” María está sentada a los pies de Cristo: es la postura del discípulo que escucha a su maestro. San Pablo también dirá que estuvo sentado muchos años a los pies de Gamaliel, el maestro que le enseñó la ley. Estar sentado a los pies de Jesús quiere decir también que se le quiere seguir, que Él irá por delante abriendo camino. Este es el fuego de la estrella: cuando estamos atentos a la Palabra de Dios y cumplimos su voluntad, podemos dar luz a los demás, luz que dura porque el fuego está vivo.

El evangelio nos enseña también la forma de amar al prójimo. Como dice hoy San Pablo, Cristo sigue presente en el cuerpo de su Iglesia, la cabeza sufre en sus miembros. Nuestros hermanos tienen que ser atendidos, como hizo Marta con Jesús. Pero también en este servicio podemos oír: “Te afanas en muchas cosas, solo una es necesaria.”

Lo que es necesario es saber mirar bien a nuestro prójimo. Como Marta en el evangelio podemos pensar que todo consiste en hacer cosas: ganar el pan, encontrar vestido, tener limpia la casa. Claro que esto es importante. Pero el fuego que hace lucir la estrella es la forma de amar a nuestros hermanos: lo primero, como nos enseña María, es escucharles y descubrir así su valor, su dignidad. Es decir: amar a nuestros hermanos no por lo que producen, sino por lo que son.

Aún hay más. Tenemos que aprender a ver en los demás no solo lo que son ahora, sino lo que están llamados a ser según el plan de Dios: en ellos está Jesús. A veces les miramos y vemos su miseria, su pobreza. Pero luego entendemos que Jesús ha muerto por ellos y los llama a ser sus amigos. He aquí lo que pueden ser, su secreto más profundo. No basta ver lo que hay: hay que ver más de lo que hay. Solo así ganamos fuerza para darnos a pesar de las dificultades.

Escuchar a Jesús y seguirle. Escucharle en nuestra oración y escucharle en los demás, en quienes vive y sufre. Eso es lo único necesario. Quien busca esto encuentra por añadidura todo lo demás.


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