Decimocuarto domingo - ciclo B:

Las manos atadas de Jesús

Jesús acude hoy a su tierra natal. Lo que parecía ocasión de alegría, se torna en tristeza. El evangelio nos cuenta la falta de fe de los nazarenos. Y nos dice: “Jesús no pudo hacer allí ningún milagro”. Estamos acostumbrados a escuchar algo que es muy verdadero: no podemos hacer nada sin Jesús, “sin mi no podéis hacer nada”. Sin embargo, hoy escuchamos lo contrario: Jesús no puede hacer nada sin ti.

Dios no obra con violencia. No quiere entrar en nuestro corazón si no abrimos antes la puerta. Hay un signo que impresionó al evangelista San Juan. Por eso insiste mucho en él al contarnos la Pasión: son las manos atadas de Jesús. Son manos poderosas, manos que pueden sanar a quien toquen, manos que dan confianza, manos que pueden gobernar el timón de nuestra barca... Y nosotros las atamos, para que no se entrometan en nuestra vida.

El cristiano comparte la experiencia de Jesús: nos han atado las manos. Querríamos, por ejemplo, hacer mucho bien a nuestros hijos adolescentes, enseñarles el buen camino, mostrarles nuestro cariño de padres... Pero ellos no quieren abrir el corazón, y resulta imposible.

¿Qué hacer entonces? Cuenta un antiguo eremita del desierto, que vino un día a verle una madre, preocupada porque sus hijos habían abandonado la fe. El monje la recibió con cariño y, después de escuchar sus quejas, la invitó a mirar por la ventana. Detrás del pequeño huerto, se veía una burra, atada a una estaca. A su alrededor correteaban dos pollinos. Iban y venían. A veces se alejaban de su madre, incluso se perdían detrás de las rocas o se adentraban en un bosque cercano. Pero acababan volviendo.

El eremita le dijo: los pollinos vuelven siempre, porque saben dónde está la madre, atada a la estaca. Puede que se alejen, pero siempre podrán regresar. Lo mismo tienes que hacer tú. Si eres fiel, si estás anclada con fidelidad a la columna de Dios, tus hijos sabrán adónde volver. Quizás no te lo confiesan, quizás su corazón se haya endurecido. Tus manos están atadas, porque no puedes forzar su libertad. Pero tu ejemplo constante y fiel, tu vida de fe profunda, tu testimonio de perdón y alegría... hará que sepan: hay entre nosotros un profeta, un signo de Dios. Y esto significa: siempre podemos volver, reconocer un punto fijo, pedir perdón y empezar de nuevo.

Las manos atadas de Jesús, son muchas veces la imagen del cristiano en el mundo. Él da su testimonio, aunque sea rechazado. Es así un signo de la fidelidad de Dios, de su paciencia con el hombre. Lope, el gran poeta español, pedía a Jesús que le esperase, que tuviese paciencia con él. Y terminaba su oración: “Espera, pues, y escucha mis cuidados. / Pero ¿cómo te digo que me esperes / si estás, para esperar, los pies clavados?”

 

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