La vid verdadera: un amor que permanece
“Yo soy la vid verdadera”. Las lecturas de hoy nos invitan a contemplar esta planta fecunda, la vid. Las plantas tienen mucho que enseñarnos. Los animales pueden moverse en busca de alimento, huir del calor o del frío. Las plantas, sin embargo, han de estar siempre en el mismo lugar. Por eso su único medio de obtener alimento son las profundas raíces. Las plantas nos enseñan así esa gran virtud que es la permanencia, la estabilidad. Por eso Jesús dice: “Permaneced en mi amor”.
El amor verdadero se distingue del falso precisamente porque permanece, porque se queda. Israel experimentó eso durante su historia. La Biblia compara al pueblo con una viña que no produce frutos, porque Israel no sabe permanecer en la alianza de Dios. Jesús, la vid verdadera, es el único que puede dar firmeza a nuestra vida, una vida que se mueve muchas veces de aquí para allá, como la veleta.
La familia es precisamente el lugar para aprender a permanecer. ¿Cómo amamos a los de casa? ¿Nos basta un amor pasajero, queremos solo la diversión de un momento? ¿O intentamos construir algo que dure? El que ama a Jesús no necesita decir muchas palabras, sino que cumple sus mandamientos. Las palabras pasan, las obras permanecen.
“Yo soy la vid verdadera”. “Permaneced en mi amor”. Jesús pronuncia estas palabras durante la última cena, antes de la Pasión. De la vid viene el vino, el vino que es la sangre de Jesús, que se derramará esa noche por todos los hombres. Así el Señor nos muestra cómo el amor puede permanecer: solo cuando está dispuesto a aceptar el sacrificio, cuando se decide a perdonar, dando la vida por los amigos.
¿Cuántas veces pides se da y pide el perdón en tu familia? ¿Estás dispuesto a aceptar a tu marido, mujer o hijos, también con sus imperfecciones y debilidades, aunque eso te suponga dolor? Solo si es así tu amor será un amor que permanezca, como el de Jesús. Y solo podrás perdonar si antes te acercas al perdón de Dios, a la confesión.
“Yo soy la vid verdadera”. Jesús dice esto a la vez que instituye la Eucaristía. Podemos permanecer en su amor porque Él primero permanece con nosotros, se queda para siempre en su Iglesia. Él nos invita así a “permanecer en la Eucaristía”. De nada sirve acudir a misa un domingo sí y otro domingo no; eso no es permanecer, sino mariposear. El que quiere estar unido a la vid no permite que nada le aparte de la Eucaristía. De esta forma, la misa del domingo nos ayuda a permanecer en el amor de Jesús, durante toda la semana. Y podremos hacer de nuestro hogar un lugar donde el amor permanece, y no solo va de paso.
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