Quinto domingo de Cuaresma, ciclo B
Semana Santa. Encontrar a Jesús en su corazón estremecido
Celebramos hoy el último domingo de Cuaresma antes de Ramos. Hemos ido recordando, en nuestro camino penitencial, todas las alianzas de Dios. El arco iris nos recordaba, el primer domingo, su fidelidad: no se echa atrás ante el pecado del hombre. El sacrificio de Abraham añadía, el segundo domingo, que la fidelidad y misericordia del Padre pasan por su dolor, que son costosas para Dios. En el tercer domingo meditábamos sobre el decálogo, la Ley de Dios, que es el signo de su amistad y alianza con el Pueblo. Y el centro de la Ley estaba en el Templo de Dios y en el respeto de su fiesta, el culto que nos salía al encuentro el cuarto domingo.
Hoy, antes de celebrar la Semana Santa, el profeta nos anuncia una alianza nueva, mil veces más grande que todas las anteriores: ahora el amor de Dios se va a revelar totalmente, lo vamos a ver cara a cara.
¡Cómo buscamos en nuestra vida esta cercanía de Dios, la posibilidad de ver su rostro, de oír su voz! Querríamos conocer con claridad su voluntad, los caminos por los que nos lleva; nos gustaría tener una guía segura cuando hemos de tomar decisiones en la vida. A los padres les inquieta el futuro de sus hijos y querrían conocer qué les aguarda en el futuro y cómo poder darles lo mejor.
Lo mismo les ocurría a los griegos que en el Evangelio se acercan a Cristo y pronuncian esa oración tan bonita: “queremos ver a Jesús”. Igual que nosotros, los griegos no se atreven a acercarse al Maestro directamente. Preguntan a Felipe y Felipe pregunta a Andrés. Como en la Alianza del Sinaí, en que Moisés era quien hablaba con Dios, y el pueblo no podía acercarse al monte, los griegos tampoco se consideran dignos de hablar con Cristo cara a cara.
Pero Jesús les va a decir: a partir de ahora podréis acercaros a mí directamente. “Donde yo esté, estará también mi servidor”. Y les viene a decir, como el profeta en la primera lectura: ahora ya no tendrán que buscar a Dios a oscuras, no tendrán que ser enseñados por otros. Ustedes mismos podrán hablar con Él cara a cara, el cielo estará abierto, Dios mismo será su maestro.
Pero el camino que Jesús indica no es un camino fácil. A Dios se le va a encontrar de una forma muy extraña, a través del sufrimiento, de la cruz. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere”, les dice, “no da fruto”. Los caminos de Dios, los que queremos descubrir en nuestra vida y en la de nuestros hijos, esos caminos pasan por la renuncia, la cruz, el dolor. Pero solo así producen verdadero fruto.
Suena entonces la voz del Padre desde el cielo, y muchos piensan que se trata de un trueno. Nos acordamos de nuevo de la Alianza del Sinaí, donde Dios se manifestaba con la tormenta. Pero esta Alianza nueva es distinta: Dios ya no da miedo, no infunde pavor. Al contrario, se ha hecho cercano, comparte nuestro mismo sufrimiento. En efecto, Jesús dice: “mi alma está turbada”, se estremece de dolor ante la Pasión que llega. San Agustín, comentando este evangelio, exclama: “para conducirnos a lo alto”, para vencer nuestra tristeza y nuestro miedo, “Él quiso asumir nuestra bajeza”, nuestro miedo y dolor. Y por eso podemos encontrar a Dios, “ver a Jesús”, como querían los griegos, en cada uno de nuestros dolores. Y aprender de Él: “para esto he venido”; hágase tu voluntad.
El que quiera ver a Dios no tiene que subir a un monte elevado. Los signos de su alianza, el arco iris, el Templo, el sábado, están ahora escondidos en un corazón que sufre, que está turbado ante la muerte que se avecina, y a pesar de ello confía obediente en su Padre. Quiso participar de nuestra misma miseria. Te señala así tu camino para vivir esta Semana Santa: la compasión. Tú también puedes acercarte al sufrimiento de los que te rodean. ¿Cuántas veces les muestras un corazón duro, insensible, preocupado solo por tus propios dolores? Solo si tu corazón se estremece, con el de Jesús, con las penas de tus hermanos, podrás entrar en el misterio de la nueva alianza, podrás ver al Dios vivo. Prepárate para acompañarle en estos días santos, entrando en el misterio de su compasión.
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