Domingo de Ramos
Llevar y ser llevados
Celebramos hoy el domingo de Ramos. Los discípulos se encargan de buscar un jumento sobre el que Jesús entrará en la ciudad Santa, aclamado por todos. Los gritos de los discípulos nos recuerdan lo que decían los ángeles en Belén cuando nació Jesús: gloria en las alturas, paz en la tierra. Con una diferencia; ahora los discípulos dicen: gloria en las alturas, paz en el cielo. Primero “paz en la tierra”; ahora, “paz en el cielo.” Es que la vida de Jesús consiste en pasar de la tierra al cielo. La pasión que leemos hoy es ese paso: para subir Jesús tiene que bajar, porque antes de subir quiere acogernos a todos, descender hasta el sufrimiento donde estamos, y así poder llevarnos con Él hasta arriba. Ahora se realiza verdaderamente lo que decíamos en Navidad: Emmanuel, Dios con nosotros, con nuestro dolor y pena.
El Buen Ladrón lo entendió muy bien. Se da cuenta de que Jesús es inocente, de que está sufriendo sin culpa. Y reconoce que ese sufrimiento es el que trae a los hombres el Reino de Dios: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu reino.” El Señor le responde: “Hoy estarás conmigo.” Es decir: no tienes que esperar, ya estoy viniendo con mi reino, mi reino viene a través del sufrimiento y la cruz, viene hoy, ahora.
Para reinar con Jesús tenemos que abrazar nuestros sufrimientos y llevar la cruz, lo mismo que hizo el Cireneo. San Agustín se acuerda del jumento en que Jesús subió y nos dice: “¿Os acordáis de aquel asno presentado al Señor? Nadie sienta vergüenza: aquel asno somos nosotros. Vaya sentado sobre nosotros el Señor y llámenos para llevarle a donde él quiera. Somos su jumento y vamos a Jerusalén. Siendo él quien va sentado, no nos sentimos oprimidos, sino elevados. Teniéndole a él por guía, no erramos: vamos a él por él; no perecemos.”
Esta imagen nos puede ayudar a meditar durante esta Semana Santa. Igual que Jesús nos ha llevado a nosotros, también queremos llevarle nosotros a Él. Un hombre anciano, a quien unos hombres malvados le dejaron sin familia, supo perdonar a esos malhechores. Cuando le preguntaron cómo era posible dijo: “Es que de pequeño me enseñaron que la cruz, si la rechazas, te aplasta; pero si la abrazas, te lleva por el camino.”
Los caracoles llevan la casa a cuestas. Es un peso, pero lo cargan con gusto porque les permite descansar cuando lo necesitan. Tú, con tus sufrimientos, puedes hacer algo mejor. Escucha otra vez a San Agustín: “No te avergüences de ser jumento para el Señor. Llevarás a Cristo, no errarás la marcha por el camino: sobre ti va sentado el Camino.” Nosotros no llevamos la casa a cuestas, llevamos a cuestas el Camino. Los mismos sufrimientos que nos agobian, la misma carga de nuestra misión como padres o esposos, como trabajadores, nos lleva hacia nuestra meta. El caracol puede descansar de sus fatigas; el cristiano, cuando siente el peso de la cruz, está llegando a su patria.
© 2007 Fr. José Granados, All Rights Reserved