Segundo Domingo de Pascua (A)

 

Domingo de la Misericordia

El domingo de Pascua veíamos a Pedro y Juan correr hacia el sepulcro. Todo era explosión de alegría, a la búsqueda del Resucitado. Y sin embargo, tal vez se te haga difícil caminar con ellos al encuentro de Jesús, pues vives con muchas tristezas en tu corazón. La Iglesia lo sabe, y por eso nos presenta este segundo Domingo de Pascua, como una segunda etapa en el camino de la alegría. Hoy no hace falta correr por las calles, saltar de júbilo, buscar a Jesús con lágrimas, como María Magdalena. Si no te sientes con fuerza para eso, no te preocupes. Ahora es Jesús quien se acerca a ti. El mismo Señor viene donde están los Discípulos, a quienes el miedo hacía esconderse en una habitación pequeña; del mismo modo entra en tu familia para poder decir: “La paz con vosotros” (Jn 20, 19-31).

Tal vez tengas desde hace mucho las puertas cerradas para Dios, acaso haya pecados que no te atrevas a recordar, problemas familiares que no quieras afrontar, rencores que te aniden en el corazón. No importa. Jesús viene. No le detienen tus mil cerrojos. Traspasa tu miedo y miseria. Si tú no te sientes digno para salir a buscarle, Él se abre paso para llegar adentro.

Por eso el Papa Juan Pablo II llamó a este domingo, hace algunos años, el domingo de la Misericordia. La Misericordia significa que Dios quiere entrar a vivir contigo, quiere estar en medio de los tuyos. Significa que Él quiere estar dentro de tu casa, y no fuera; que Él quiere que tú estés cerca de Él.

Muchas veces, en la vida, queremos llegar lejos, hacer carrera. Cuando un muchacho es inteligente solemos decir: “llegará lejos”. Para nosotros es lo mismo que tener éxito, progresar, ser feliz. Pero Dios ve las cosas de otra forma. Para Él lo importante no es llegar lejos, sino llegar cerca. Tan cerca que se presenta en medio de tu sala de estar. Tan cerca que abre su corazón al mismo Tomás y le dice: “Mete tu mano en mi costado” (cf. Jn 20, 27). El corazón de Jesús está ahora abierto para ti; puedes llegar muy cerca de Dios, si quieres.

La primera cosa que hoy te pide, por eso, es que te atrevas a aceptarle en tu casa. Que Él sea para ti un verdadero amigo, con quien puedas hablar. Es el momento, tal vez, de revisar tus ratos de oración y cercanía con Jesús, cómo te preparas para tus comuniones, las veces que te acercas al sacramento del perdón. Además, Él ilumina tu familia, tus relaciones con los amigos. Muchas veces estás lejos de ellos. Dejaste de mostrar el amor a tu mujer, de preguntar a tus hijos qué habían hecho en la escuela, de cuidar de tu marido o de atender a tus padres ancianos. Te preocupaste de llegar lejos y no has sabido estar cerca de los tuyos.

Jesús te enseña hoy a abrir tu corazón, a invitar a los tuyos a que se acerquen a ti. Es el milagro de que nos hablan, en la segunda lectura, los Hechos de los Apóstoles (Hch 2, 42-47): los creyentes lo tenían todo en común con alegría, porque eran un solo corazón y una sola alma (Hch 4, 32).

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