Domingo de Pascua
La Vida indestructible
Habéis resucitado con Cristo, nos dice hoy San Pablo. Hoy no celebramos solo la fiesta de Jesús y de su vuelta a la vida: Él ha resucitado para regalarte a ti una nueva vida. Con Jesús resucitas también tú.
¿Qué es lo que ha hecho hoy Jesús, al resucitar? Podemos imaginar nuestra vida como un gran terreno encharcado, una marisma en la que el agua ya no corre y se ha acumulado la suciedad. La venida de Jesús a la tierra fue como la llegada de un gran río con aguas vivas a nuestra charca. Toda la vida de Jesús fue ese camino en que el agua del cielo atravesaba la tierra. Su empuje fue tan grande que llegó hasta el final, hasta llegar al otro lado, más allá de la muerte. Con su resurrección, el río de la vida de Jesús desemboca ahora en el gran océano del amor del Padre, ha alcanzado el cielo.
Y entonces nuestra situación ha cambiado totalmente. Ahora hay un canal abierto por medio de nuestra laguna, un canal con aguas puras que llegan del cielo y que conducen a Dios. Si queremos podemos dejar que nuestra charca se purifique; podemos poner nuestra agua sucia en contacto con esa vida limpia que Jesús ha traído. Podemos hacer que él nos saque de la muerte en que estamos y nos reparta agua viva.
El Papa Benedicto se pregunta en su última encíclica sobre la esperanza por la vida eterna. Y nos dice que esa vida no está solo en el futuro, en el día de mañana. Tenemos que empezar a tener vida eterna hoy si queremos poseerla para siempre. No tienes que esperar al final de tu vida para encontrar el agua de la vida eterna. Esa agua, el agua de Jesús, está ya atravesando tu tierra y purificándola.
En nuestra vida hay muchas cosas que son como el agua estancada. Tal vez se trate de rencores que no conseguimos arrancar del corazón. O son hábitos de pereza que nos resulta difícil superar. A lo mejor es la rutina de las relaciones en nuestra familia o la falta de paciencia en nuestro dolor. La vida eterna no se consigue huyendo de todo eso, alejándote del lugar donde vives ni de las personas que te rodean. Al contrario, hay que quedarse. Para que haya vida eterna tienes que sembrar semillas de inmortalidad en todo lo que haces. La vida eterna es ver a tu hermano como un regalo del Padre; la vida eterna es entender que tu sufrimiento puede dar fruto; la vida eterna es descubrir siempre caminos nuevos en la relación con tu familia.
La Resurrección puede suceder hoy en tu vida. Hoy se puede convertir en una vida indestructible, como la de Jesús. Hoy puedes descubrir en todo lo que haces las semillas de la inmortalidad y regarlas con la alegría de Cristo.
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