Octavo Domingo del tiempo ordinario (ciclo B):

Una carta para Dios

No creo que para entrar en el cielo pidan ninguna carta de recomendación. Pero por si acaso, San Pablo dice, en la primera lectura: “Yo ya tengo una carta ante la que se me abre cualquier puerta”. Esa carta eran los cristianos a quienes había predicado el evangelio, a quienes llama sus hijos queridos; era una carta escrita en los corazones de cada uno. La había escrito Pablo letra a letra con su oración por ellos, su sacrificio constante, sus palabras encendidas sobre Cristo. Claro que él había sido solo un instrumento: el verdadero autor era el Espíritu Santo, que había transformado el corazón de aquellos hombres. Antes amaban solo el dinero, el dominio, el prestigio; ahora se habían vuelto hacia el Dios vivo.

Las palabras de San Pablo valen para todos los padres, los educadores, los que predican el evangelio. Para encontrar un buen trabajo buscamos cartas de recomendación, alguien que asegure que somos de fiar. ¿Y cuando nos presentemos ante Dios? Nuestra carta serán nuestros hijos, aquellos que nos rodean y a quienes hemos hecho bien, las personas con las que trabajamos. Dios leerá estas cartas con mucha atención: ¿tratamos de inculcarles la fe, de educarles en el servicio y la generosidad? Cuando el emperador Marco Aurelio veía la maldad de su hijo, decía: tus pecados como hijo son mi fracaso como padre.

Y es que escribir esta carta no es fácil. Ante todo es fundamental el testimonio de amor entre los esposos. En la lectura de Oseas, Dios utiliza la imagen del matrimonio para hablar de su amor por el hombre. “Yo te desposaré en fidelidad, en justicia, en amor y misericordia”. Y Jesús se llama a sí mismo “novio”, el que trae el vino de una boda nueva. Es buen momento para examinar el amor a tu esposo, a tu esposa. ¿Se parece a la entrega de Dios por su pueblo? Solo entonces será capaz de transmitir vida.

Para ello, el amor ha de saber sacrificarse. Jesús morirá en la cruz por nosotros. El sufrimiento de los padres ayuda a escribir esa carta en el corazón de los hijos. A un gran educador le preguntaron: “¿es verdad que la letra, como dice el refrán, con sangre entra?” Respondió: “Es verdad. Pero no con la sangre del discípulo, sino con la sangre del maestro”.

A veces nos será difícil tener que corregir a los hijos, castigarles. Puede que ese sea nuestro sacrificio. Otras veces sufriremos por su desobediencia, o porque no sabemos cómo van a salir. La misión, es verdad, es más grande que los mismos padres o educadores. La carta la escribe, lo sabemos, el Espíritu Santo. Acudamos a la Eucaristía para pedirle un corazón sabio, que sepa llenarse de amor y derramarlo sobre nuestras familias.



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