Primer domingo de Cuaresma
La verdadera providencia de Dios
Escuchamos hoy en el evangelio las tentaciones de Jesús. Son una invitación para empezar la Cuaresma. Él fue tentado como nosotros y nos abrió así el camino para que venzamos también la tentación.
Lo que el diablo quería de Él es lo que intenta siempre con nosotros: que desconfiemos de Dios Padre. “Si eres Hijo de Dios,” le dice primero, “di que estas piedras se conviertan en panes.” ¿O es normal que un buen Padre deje pasar hambre a su Hijo? Y en la segunda tentación: “si me adoras, yo sí que seré para ti un verdadero padre: te daré todo, y no como ese Padre tuyo del cielo que te abandona...” Lo mismo hace Satanás en nuestra vida: nos invita a poner la confianza en dinero y poder, en diversiones y placeres, y apartarla de Dios.
Pero la última tentación que escuchamos hoy es un poco distinta. Aquí el diablo parece tentar a Jesús justo de lo contrario: le invita a que confíe en Dios. “Tírate de lo alto del Templo; Él cuidará de ti.” Jesús, sin embargo, responde: no tentarás al Señor tu Dios. Y es que hay dos formas de confianza, y es tan peligroso desconfiar de Dios como confiar mal en Él.
Dos hombres emprendieron un camino por tierras peligrosas. Los dos iban acompañados de su anciano padre. Pensaban que así el camino se les llenaría de bendiciones.
El primero tuvo un camino agradable y los negocios le sonrieron. Al final dijo con alegría: “Papá, gracias por haberme acompañado. ¡Sabía que tu presencia me traería beneficios y no me he equivocado!”
Por el contrario, al segundo hombre el camino se hizo peligroso. Más de una vez sufrieron peligro de bandidos y les amenazó un naufragio cuando atravesaban el gran río. Al final aquel hombre dijo a su padre: “Papá, gracias por haberme acompañado. El camino ha sido duro. Sin embargo, como tú estabas conmigo, la ruta se ha hecho distinta. Me has ayudado a superar los momentos difíciles, a tener valor en la prueba. ¡Sabía que tu presencia me traería bendiciones, y no me he equivocado!”
Jesús nos enseña hoy que el camino cristiano, el camino de la Cuaresma que empezamos hoy, es el segundo. El primer hombre, preocupado por tener una ruta favorable, se perdió lo mejor. Le dio gracias a su padre por haberle traído suerte, pero no por su presencia y su amor.
Jesús sabe que Dios no le va a salvar de la muerte, no le va a llevar volando hasta Jerusalén ni le va a ahorrar la cruz. Dios provee de otra forma: salva a Jesús a través de la muerte, convirtiendo todo su sufrimiento y su pasión en alegría y acción de gracias.
La Cuaresma nos enseña a mirar a lo profundo, a lo esencial de nuestra vida: es allí donde Dios hace su obra. Su gracia no nos libra del sufrimiento, hace algo mucho más grande: nos enseña a transformar el dolor en gozo. Esa es la bendición a que nos prepara este camino cuaresmal: en vez del corazón de piedra, quiere darnos un corazón de hijo.
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