Séptimo domingo del tiempo ordinario, ciclo B:

El pasado, en las manos de Dios

“Olvida las cosas pasadas...” Esto nos dice el profeta en la primera lectura. La Biblia suele animarnos a recordar: recuerda los beneficios de Dios, su misericordia; recuerda que un día te pedirán cuentas de todo lo que hagas; recuerda a tu hermano, que pasa hambre o frío; recuerda que el Señor es el fundamento de tu vida.

Sin embargo, a veces miramos demasiado al pasado. Nos quedamos prisioneros de un recuerdo estéril. Pensamos tal vez que lo pudimos hacer mejor. O nos duele haber perdido tantas oportunidades. Puede que imaginemos qué habría pasado si tal persona no se hubiera cruzado en nuestros caminos, o si hubiéramos respondido de otra manera en aquella situación.

Nos ocurre entonces como a aquel hombre, que llegó al cielo tras larga caminata, con un gran peso a sus espaldas. Cuando San Pedro salió a recibirle, él le abrazó orgulloso, con lágrimas en los ojos. Mira, San Pedro. Dios quiso que llevase esta gran carga. He sufrido mucho trayéndola a cuestas por los recovecos de la vida. Pero al final, ya ves, aquí estoy.

San Pedro consultó en sus libros, que registran el tamaño de todas las cruces, y le contestó: Dios te había mandado una cruz mucho más pequeña que el fardo que traes. ¿Sabes qué ocurrió? Al peso que él ponía cada día sobre tus hombros tú le sumabas la carga de ayer, la de anteayer, la de los años pasados. Mirabas hacia el pasado en busca de cargas que Dios no quería para ti. Si las hubieras abandonado al poder de su perdón, no habrías tenido que cargar con ellas.

Además, fíjate bien: Dios iba sembrando tu camino de luces nuevas. Eran gracias que te habrían permitido cambiar esos defectos con que siempre viviste. Pero tú estabas demasiado preocupado mirando hacia atrás y no viste la oportunidad que Él te daba para crecer. Cada día encendía estrellas que te habrían ayudado a ver en los demás caminos de esperanza, a creer que tu mujer, tus hijos, tus padres, podrían también cambiar y hacerse mejores. Pero tú ya te habías acostumbrado a ver sus defectos, habías vuelto tantas veces sobre ellos, que pasaste de largo ante la esperanza con que Dios te alumbraba.

Recordar el pasado solo merece la pena si vemos en Él la misericordia de Dios con nosotros, si nos ayuda a darle gracias por su perdón y a convertirnos de nuestros pecados. Es decir, recordar solo es bueno si nos enseña a mirar hacia adelante, creyendo en el poder de Dios. Jesucristo, dice hoy San Pablo, es el sí a todas las promesas para el futuro. Y el mismo Jesús nos lo muestra en el Evangelio cuando, no solo perdona todo su pasado a aquel paralítico, sino que le hace levantarse de la camilla y ponerse a correr por caminos nuevos.



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