Séptimo domingo del tiempo ordinario, ciclo C:

 

El perdón se siembra

Las lecturas hablan hoy del amor a los enemigos. A quien nos insulta, hemos de bendecirle. Escuchamos también el ejemplo de David, que perdonó a su enemigo Saúl, justo cuando buscaba matarle a él.

Todo esto nos parece muy duro. Es natural que amemos a quien nos ama. Imaginen ustedes un jardinero que posea naranjos cargados de fruto. Él los riega porque recoge de ellos gran beneficio.

Pero Jesús dice que eso también lo hacen los paganos. Lo que él nos pide es, precisamente, que sigamos dando aunque solo recojamos perjuicio. Y no pensemos en las personas lejanas, sino en nuestra propia familia. Cuántas veces nos asombra la ingratitud de nuestro cónyuge: nosotros hacemos mucho por él pero a cambio recibimos indiferencia. ¿Qué sentido tiene amar si no sacamos nada de fruto? ¿No es echar a perder nuestro esfuerzo?

Había otro jardinero que tenía a su cargo un campo lleno de abrojos y cardos. Si regaba la tierra y la abonaba solo conseguía multiplicar las malas hierbas. ¿Qué podía hacer? Intentó primero cortar las zarzas, arrancar sus raíces. Pero la lucha se hacía insufrible: las malas hierbas se multiplicaban y hacían frente a sus ataques.

Entonces al jardinero se le ocurrió una idea. Tomó en sus manos un montón de semillas y empezó a sembrarlas en el campo. Eran semillas de árboles grandes y hermosos. Por todo su trabajo el seguía recibiendo males: arañazos en las piernas, sudor y fatiga. A cambio no disfrutaba de ningún fruto: aquellos árboles tardarían mucho en brotar. Pero el jardinero sabía que su trabajo no era inútil: si aquellos árboles crecían, conseguirían purificar la tierra de sus malas hierbas y convertirla en una tierra fecunda. Devolviendo mal por bien, si era paciente, transformaría la tierra ingrata.

Así parece que nos encontramos nosotros cuando alguien devuelve desprecio a nuestro amor. Si devolvemos mal por mal, solo conseguiremos que crezca la violencia. Pero si a cambio de la maldición ofrecemos bendición estamos sembrando una semilla en la otra persona. Debemos trabajar en paciencia y fe, porque no se ven los frutos y la otra persona parece no cambiar. Las naranjas no están allí, a la mano, como le ocurría al primer jardinero. Pero Jesús nos dice que nuestra fatiga no es inútil: la semilla está creciendo poco a poco, aunque no se la vea. Es la semilla del amor que actúa derritiendo los corazones helados. Ya decía San Juan de la Cruz: donde no hay amor, pon amor, y recogerás amor.

Si te cuesta perdonar y hacer bien al que te odia, piensa que tu acción no es inútil. En la Eucaristía aprendemos que la semilla nunca deja de crecer. Vuestro Padre, que es misericordioso, os recompensará. Él ha llegado hasta el extremo del amor, entregando a su Hijo, para recoger todo el amor que pongas, aunque parezca que todos lo desprecian. Y al final, verás crecer el árbol que purificará la tierra: “Se os dará una medida rebosante, colmada...”

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