Segundo Domingo de Cuaresma, ciclo A

 

La luz que nos puso en marcha

El camino de la Cuaresma nos saca hoy del desierto, donde escuchábamos el pasado domingo las tentaciones de Jesús, y nos lleva al monte Tabor donde vemos a Cristo transfigurado. Las lecturas hacen resaltar de modo especial este ponerse en camino. A Abraham se le dice: sal de tu tierra; y el Apóstol Pablo nos exhorta: toma parte en las fatigas del evangelio. También ante los apóstoles se abre un camino de cruz y persecución. Aunque Pedro quiera, no pueden hacer tres tiendas: hay que bajar del monte y seguir a Cristo hasta el Calvario.

Hoy nos enseña Jesús que, para caminar, necesitamos contemplar primero su rostro transfigurado. También Abraham, antes de emprender la ruta, escuchó una promesa de Dios. Y es que todo camino cristiano empieza con ese resplandor de la llamada, de un horizonte grande, del deseo de hacer camino porque se ha recibido una promesa. Santo Tomás de Aquino dice que Jesús hizo en el Tabor como el arquero con su flecha: antes de caminar con sus discípulos hacia la Cruz, quiso apuntar al blanco final, hasta la resurrección y vida eterna. Y por eso dio a los discípulos una promesa que luego les pudiera sostener en sus tentaciones.

Pasa igual en nuestra vida. Toda amistad, toda hermandad, todo matrimonio, es ponerse en camino porque hemos visto algo grande en la otra persona. Al inicio del camino vimos la claridad del rostro de nuestros hermanos. Había en ellos algo que nos daba fuerzas para emprender la ruta. Experimentamos la fuerza de Dios y su empuje en la vida cristiana.

Nos ocurre muchas veces que olvidamos eso que nos hizo comenzar el camino. Se apaga el primer amor que nos condujo al matrimonio, la ilusión que pusimos en la educación de los hijos; nos defrauda la confianza de los amigos, o ya no encontramos a Dios en nuestra oración como al principio. Tenemos entonces tentaciones de dejar nuestra peregrinación. Entonces el Señor nos dice: vuelve a recordar la promesa. Detrás de ella estaba mi mismo rostro, mi misma llamada. Si guardas la memoria de ese inicio sacarás de él fuerza para no rendirte, para empezar siempre de nuevo.

El filósofo Pascal escribió su experiencia de conversión y la tejió en el interior de su capa. Empezaba: “Fuego, fuego, fuego. Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob...” La llevaba siempre consigo y la leía todas las mañanas, para no olvidar ese momento. La Cuaresma es tiempo de volver a lo esencial. Y lo esencial es muchas veces lo primero, lo que te puso en camino. Al inicio del camino cuaresmal, recordemos el fuego que puso en marcha nuestra vida; la promesa que descubrimos en los ojos de cada uno de nuestros hermanos, la llamada primera de Dios.

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