Cuarto domingo del tiempo ordinario, ciclo C:

 

Amor que nunca pasa

El clima cambia con mucha facilidad. Un día tenemos viento, al día siguiente vuelve a salir el sol. Después del calor viene el frío; después de la tormenta, un tiempo de calma. A quien solo tiene en cuenta las nubes y los vientos, le parece que el tiempo se repite o que corre al azar.

Es algo parecido lo que ocurre con nuestros sentimientos. Hoy estamos enfadados y somos intratables. Al día siguiente nos llena el buen humor y queremos pasar tiempo con los nuestros. Hay días en que nos invade el rencor por las ofensas que nos hicieron, y otros en que resulta más fácil perdonar. A quien solo tiene en cuenta los sentimientos le parece también que el tiempo se repite o que corre al azar.

La caridad, por el contrario, como dice hoy San Pablo, no pasa nunca. La caridad es paciente. La caridad lo espera todo. Esto quiere decir: la caridad, el amor verdadero, tiene en cuenta el tiempo. Para el que ama de verdad, el tiempo no es un obstáculo, ni tampoco una ruleta rusa que gira sin sentido; es una bendición, una ocasión de madurar y crecer.

A veces confundimos amor con sentimiento. Nos creemos que todo consiste en sentir cariño y estar a gusto. Pero el sentimiento va y viene. Es como el que solo mira a las nubes y ve que cambian con gran rapidez. Comparémoslo con aquel otro que, a la vez que estudia el clima, mira a la semilla plantada en el suelo. Para él la lluvia no es solo algo pasajero, una estación más que se repite siempre. El agua está haciendo crecer, poco a poco, la semilla; y cuando brota la planta se da cuenta de que la luz del sol le da vida y energía. Gracias a la semilla el tiempo tiene un sentido; no es tiempo que pasa, sino tiempo que se queda. Todo momento es momento de vida, momento en que la semilla está creciendo.

¿Cómo es nuestro amor? Si se fija sólo en cómo nos sentimos, en los cambios del cielo, será un amor que no sabe esperar, que no madura. El que ve la semilla es el que mira profundo: mi marido y mi mujer, mis hijos y mis padres, no son importantes porque me hagan sentir bien, sino porque hay en ellos una semilla valiosa, su dignidad de hijos de Dios, que debe crecer. Los sentimientos son como el clima: sus cambios solo pueden entenderse si nos fijamos en las personas que amamos, si las ayudan a crecer, como el sol y el viento hacen con el árbol.

Los habitantes de Nazaret no aprendieron a mirar la semilla. Jesús había vivido con ellos durante treinta años, pero ellos no descubrieron su misterio. Solo se fijaron en los cambios del clima, y no vieron cómo iba madurando poco a poco el árbol, que daría gran fruto. Lo más difícil es ver el tesoro escondido en aquellos que tenemos cerca.

La caridad no pasa nunca: si nuestro amor es verdadero no estará a merced del clima. Sabrá descubrir en cada hermano un regalo de Dios.

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