Tercer domingo del tiempo ordinario, ciclo A:

La luz y la voz

Imaginen el invierno en uno de esos países cercanos al polo norte en que apenas sale el sol. Es siempre de noche y la luz aparece brevemente en el horizonte, con un resplandor tibio. Así nos describe hoy el profeta Isaías la tierra de Galilea: un país que no encuentra a Dios y, por tanto, no tiene esperanza ni vida. Pero entonces surge la profecía: "una luz brilló en la noche." Esta profecía se cumple en el evangelio de hoy: Jesús dejó Nazaret y se mudó a Cafarnaum. Su venida es como una luz que expulsa la tiniebla.

Nosotros, que tenemos fe, hemos recibido esa luz. Sin embargo muchas veces nos parece seguir en la oscuridad, sin saber cómo resolver los problemas o encontrar una salida a nuestras dificultades. ¿Cómo es entonces esa luz que trae Jesús? ¿De qué manera está presente en nuestro camino?

El evangelio nos lo explica con palabras sencillas: nada más mudarse a Cafarnaum Jesús llamó a los primeros discípulos: "Venid en pos de mí." Entonces se ve la forma en que Jesús nos alumbra. Él no ilumina haciendo que desaparezca toda la oscuridad, sino que nos dice una palabra que nos abre un camino nuevo. Su luz es su voz. Su luz es una llamada dirigida a nuestra vida.

Pasó algo parecido con aquel avión perdido en las montañas. No le faltaba luz: sus faros alumbraban muchos metros por delante. Sin embargo era una luz que no servía de nada, que iluminaba solo nubes y tinieblas sin indicar el camino. De pronto se recobró la señal de radio: se escuchaba la voz de la torre de control dando las indicaciones hacia la meta. Aquella palabra no quitaba la tiniebla de la noche pero enseñaba la ruta entera, restablecía la esperanza, permitía a la nave encontrar su destino. La palabra fue la verdadera luz.

Dios ilumina siempre con una palabra. Esto significa que tenemos que estar atentos, que hemos de fiarnos de lo que Él nos dice, que confiar aun cuando no todo esté claro. Hay un pasaje en la Biblia en que Moisés pide a Dios ver su rostro, pero Yahveh solo le muestra sus espaldas. Y un Padre de la Iglesia dice: vemos las espaldas de alguien cuando le seguimos, cuando vamos detrás de Él. Para ver a Dios hay que seguirle, ponerse en camino detrás de Jesús.

Hay más. Cuando Jesús llama a sus discípulos empieza con ellos un diálogo en que comparten la misma vida. No solo les habla, también les escucha. Nos ocurre muchas veces que tenemos el corazón agitado, que se revuelven en nuestro corazón muchos sentimientos o que nos oprime una gran pena. Es muy bueno encontrar entonces a alguien que nos escuche. Según vamos hablando las palabras parece que ponen orden en nuestro interior, que nos dejan sacar de dentro lo que nos oprimía. Poco a poco esas palabras nos sosiegan, se va haciendo luz dentro de nosotros. Esta es otra forma en que Jesús es nuestra luz: Él nos escucha, está disponible para que vayas y le cuentes lo que te pasa. La oración se convierte así en un manantial de luz, la palabra que decimos a Dios nos ilumina y da fuerza.

Ahora Jesús nos pide: como yo soy luz con mi palabra y mi escucha, conviértete tú también en luz para los otros. Aprende a poner palabras de consejo y esperanza entre tu familia y amigos. Aprende a escuchar para que los que sufren puedan encontrar luz en su interior. Y así se cumplirá la profecía: a los que habitaban en tinieblas, una luz les brilló.

 

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